Érase un bocata

Hacerse la merienda nunca fue una tarea tan elaborada, ni ruidosa...

Lee el guion aquí y disfruta del vídeo en el siguiente enlace ✨✨✨

P.D: El video era demasiado pesado para que se pudiera subir y solo nos dejaba hacerlo así. 

Érase un francés perdido

 Me he encontrado un tío por la calle que dice que  busca una vibración especial en la música que escucha por las calles... la gente está fatal. Me ha dicho que le saque una foto, sale graciosete en verdad.



MAC MARCOS

Érase una vez un Mac Aitana que lo cambió todo...

Eligo el lazo, las gafas, los tirantes y el sándwich.

MAC MARCOS


Trasfondo: Marcos es un chico que desde pequeño a estado rodeado de gente adicta al gimnasio. Su padre lleva yendo al gimnasio desde hace años, e incluso ha participado en concursos, y su madre hace seis días a la semana pilates. Su padre metió a Marcos en el gimnasio con 6 años e iba casi todos los días. Marcos era feliz porque sentía que sus padres estaban orgullosos de él, pero también sabía que había algo fallaba. 

Hasta que un día Marcos (con 15 años), tras mucho insistir a sus padres, fue a la fiesta de cumpleaños de uno de sus compañeros de clase, Jorge. Fueron a los bolos y después al McDonald's. Marcos no sabía si ir o no, pero finalmente fue. Se pidió la novedad de ese momento el Mac Aitana y cuando lo probó algo cambió en él.  Después de ello, fue todos los días, hasta que la quitaron, a comerse un Mac Aitana. Comía tanto que su gran trabajado cuerpo de gimnasio se fue, haciendo que toda su ropa no le entrase. 

Sus padres estaban muy decepcionados con Marcos y discutían a menudo. En el cumpleaños de los 18, Marcos tuvo una pelea con sus padres porque quería una tarta de tres chocolates y sus padres no se la querían comprar. La pelea se fue de las manos y Marcos se fue de casa. La abuela de Marcos se enteró de lo ocurrido, acogió a Marcos en su casa sin que los padres lo supieran y le daba todos sus caprichos de comida. 

A pesar de que Marcos estaba contento, había una parte de él que le sabía mal abusar de la bondad de su abuela, así que se puso a buscar trabajo. Hizo muchas entrevistas, pero en ninguna le llamaban. Cuando ya había perdido la esperanza, vio por la calle un cartel que decía: "Concurso de comida. Gana hasta 500 euros". Ahí Marcos vio la oportunidad perfecta para conseguir dinero y encima con algo que le gustaba, así que a partir de aquí surgió Mac Marcos, el zampador de comida.


Motivaciones: Su motivación actual es conseguir el dinero del concurso y darse a conocer, para así irse de casa de su abuela y poder alquilar un piso. Además, quiere recuperar el cariño de sus padres, pero sin dejar de comer.


Arco narrativo: Decide participar en ese concurso y es dentro de dos semanas. Entonces Mac Marcos comienza a "entrenar". Como no sabe que tendrá que comer se pide de todo: hamburguesas, pizzas, tacos, burritos, perritos calientes... Mientras se lo come todo, la abuela le ayuda a cronometrar cuanto tarda. Al principio tarda más de 20 minutos y se desanima un montón. 

Triste por no avanzar en el progreso, decide ir a un KFC a pillarse un cubo de tiras de pollo. Cuando sale de ahí ve a sus padres a lo lejos, están caminando por la calle felices. Esto le pone muy sensible a Mac Marcos. Él es feliz comiendo, pero sabe que hay algo que le falta, o alguien... 

Tras esto, cambia el chip y sigue con su objetivo. Después de dos semanas ha conseguido bajar a 10 minutos. Se ve capaz de ganar. Antes de ir al lugar del concurso les manda un mensaje a sus padres para que vengan, pero le dejan en visto. No le da importancia y deja que su abuela le decida la ropa. Una camisa blanca, con unos vaqueros,  unos tirantes verdes, una corbata naranja y sus gafas características. Una vez listo va al concurso. 

El concurso es en un parque cerca de donde vive, así que llega sin problema. Se despide de su abuela y se inscribe. Tras 10 minutos de espera, lo sientan junto al resto de concursantes en la mesa que hay encima del escenario. Empieza a ponerse nervioso y cuando traen las bandejas de comida y ve lo que es cree que está perdido. Son sándwiches, alimento con el cual no ha practicado. Le sudan las manos cuando el árbitro da comienzo a la competición. 

Mac Marcos empieza a comer y a comer, pero le está costando más de lo normal. Ya lleva 5 minutos y solo lleva la mitad. Muchos concursantes ya les queda poco, cree que pierde. Cuando está a punto de retirarse mira hacia adelante y junto a su abuela ve a sus padres. Eso le da el ánimo que necesita y en 2 minutos se ha comido la otra mitad ¡Ha ganado! Está muy contento y sus padres están levantados aplaudiendo. Se acerca a sus padres y los abraza, ellos le dicen lo orgulloso que están de él. 

Mac Marcos les agradece mucho venir y les confiesa que después de esta competición se ha dado cuenta de que la comida le hace feliz, pero que ya no reconoce al chico que era antes. Quiere seguir comiendo, pero a la vez quiere sentirse bien con él mismo. Así que finalmente decide que va a volver a cuidarse y que cuando le apetezca comerse alguna comida basura lo hará. Sus padres lo miran con orgullo y le dicen que puede volver a casa. Mac Marcos acepta.

1 año después, Marcos disfruta de la comida y se cuida. Sigue yendo al gimnasio con su padre, pero ahora también se van de cena los tres de vez en cuando. Marcos empezó la carrera de psicología y le encanta. Ahora está feliz completamente, sigue teniendo la comida y sigue teniendo a sus padres.

Motivaciones finales: Son sacarse la carrera de psicología y trabajar de lo que le apasiona. Seguir manteniendo el equilibrio entre el ejercicio y la comida. Aceptarse a sí mismo. Continuar su buena relación con sus padres. Finalmente, algún día se quiere independizar, para dejarle espacio a sus padres.


Érase Charlotte Brighton

 

Aspecto físico



Objetos elegidos 

- Libro azul de la mesa 

- marco con foto en la mesa 

- gato ( por el aspecto introvertido y de estar en casa) 

Trasfondo

Charlotte Bright Conklin es una mujer joven de 26 años que nació en un pequeño pueblo de Inglaterra, Bibury. Allí, creció con su madre, ya que su padre murió al poco de nacer ella, y fue educada en casa a partir del cultivo del arte y la literatura. Aunque obviamente tocó todas las “asignaturas”, a Charlotte lo que más le interesaba era el arte: puede que fuera por influencia de su madre, Taide Conklin, o puede que fuera por las incontables horas que se pasaba en el estudio pintando todo tipo de cuadros o leyendo acurrucada con su gata naranja Fleabag. Esto la llevó a especializarse en ello en la universidad. 

Asimismo, Charlotte siempre fue una niña tímida, introvertida. Siempre prefiere quedarse en casa leyendo y con su madre antes de salir por ahí y, aunque sea muy aventurera, el estudiar y pasar todo el tiempo en casa, le ha hecho más difícil el socializar. Sin embargo, ella es feliz en su mundo lleno de arte y libros, y aunque a veces extraña esos amigos que no tiene, siempre se recuerda lo que le decía su madre “ no necesitas compañía cuando tienes tus propios mundos.”

Por otro lado, Taide era una madre cariñosa y presente, pero a muy estricta e inflexible sobre la educación de su hija. Además, se licenció en historia de, arte y pasó gran parte de su vida escribiendo una importante obra sobre cómo los cuadros de Monet tenían un significado oculto. Sin embargo, en uno de sus viajes a Francia para investigar, el tren sufrió un accidente y murió. Lo que dejó a una Charlotte de 19 años huérfana. 

Así pues, Charlotte se mudó a la universidad, ya que estar en la casa de su infancia le dolía mucho y se quedó allí hasta que terminó sus estudios: Empezó una vida nueva y no miró atrás. Hasta el día de su graduación, donde se encontraba perdida e indecisa con su futuro. Por eso decidió volver a la casa para recolectar con su madre y vida pasada. (y de paso recoger un poco ya que nunca tocó nada antes de irse). Al llegar, se encontró con todas las memorias y las recibió desde la alegría.

 Fue mirando entre las cosas de su madre donde encontró su obra inacabada, de la cual nunca le hablaba y mucho menos le dejaba leer. Sin embargo, decidió leerla y todo cambió, ese mismo día decidió que toda su vida le habían preparado para esto: tenía que terminar la obra de su madre. Se mudaría a Francia, se dedicaría a viajar y escribir y, finalmente, terminaría el libro que su madre empezó en su juventud y lo publicaría en su nombre y en su honor. 

Y eso hizo. 4 años después ya había recorrido todos los museos y ciudades que necesitaba para su investigación y tenía toda la información necesaria para terminar la obra de su madre. Finalmente, el 23 de abril, el día de su cumpleaños, la obra Tras el Velo de Monet fue publicada y, con la obra, Charlotte pudo despedirse de su madre a la que tanto añoraba y empezar a crear sus propias obras. 

Motivaciones 

La principal motivación de Charlotte siempre han sido las ganas de aprender e investigar. Es una chica insaciable en cuanto al arte. Por otro lado, a la hora de terminar la obra, lo que le mueve es el querer honrar la memoria de su madre y de alguna  manera hacer que esté orgullosa de ella. Asimismo, con esto busca también cerrar el ciclo del duelo y poder superar todas sus pérdidas, para así hacer hueco en su vida a lo nuevo y a las nuevas personas que llegarán. 

Por otro lado, otra motivación que le mueve es la necesidad de superación personal y crecimiento, a la vez que la búsqueda de conexión y sentido en su vida. Al haber crecido tan aislada, Charlotte aprovecha sus viajes para conocer a gente nueva y experimentar por primera vez cosas como la amistad, el amor y el concepto de “familia elegida” (chosen family). Por último, su otra motivación es la necesidad de dejar el arte como un legado y una verdad, lo que consigue a través de la obra de su madre. Todo esto se junta para impulsarla al largo de toda su vida y viaje.

Arco Narrativo

Su arco narrativo empieza a partir de la muerte de su madre, ya que antes su vida no estaba dictada por ella misma. Sin embargo, al fallecer su madre y ella terminar la universidad, decide empezar su propio viaje que la embarcará en un proceso de nostalgia, aventura, amor y descubrimiento personal, hasta cumplir sus metas. Que en este caso es terminar la obra de su madre. 

En ese proceso, conocerá a los que se convertirán en sus nuevos amigos, Jonathan, Bailey y a Oscar, un profesor doctorado en literatura, del que luego se enamorará. Ellos les ayudarán a cumplir sus metas y crearán una familia propia que permitirá a Charlotte experimentar ese amor y cariño que siempre negaba desear. 


Dr. Elías Maren

Los objetos elegidos para este personaje son los siguientes:

Kit de primeros auxilios, mapa y barco


Nombre: Dr. Elías Maren 

Edad: 48 años

Profesión: Empieza siendo médico de guerra, cuando esta termina, pasa a ser cirujano naval y médico itinerante.


TRASFONDO: 

Durante la guerra, Elías fue médico de campaña en el frente marítimo. Atendió a soldados en condiciones imposibles, salvando vidas con recursos mínimos. Su kit de primeros auxilios es una reliquia para él. Después de la guerra, es incapaz de volver a su vida de antes, compró un barco pequeño de carga, el cual lo convirtió en su clínica flotante.

Desde entonces Elías viaja por todo el mundo con su pequeña tripulación, navegando según las coordenadas de su mapa personal con la intención de cumplir una promesa consigo mismo.


MOTIVACIONES:

Elías busca redención, durante la guerra perdió a su hermano (también era soldado) al no poder llegar a tiempo para tratar sus heridas.

Desde entonces, su vida se basa en no volver a llegar tarde para tratar a sus pacientes. Además en el mapa no solo tiene rutas marítimas para llegar a sus pacientes, tiene promesas personales a los que ayudó y de los que debe ayudar.


ARCO NARRATIVO

Cuando una epidemia misteriosa comienza a expandirse entre islas aisladas, Elías se enfrenta a una decisión moral: arriesgar su vida y la de su tripulación para llegar a una zona de cuarentena o dejar que otros menos experimentados lo intenten. En el proceso, se enfrentará al peso de su culpa y la posibilidad de que su cruzada por salvar a todos sea, en realidad, una forma de huir de sí mismo.









Erase La Aurora

 



TRASFONDO

Álvaro Rivas es un hombre de 38 años que nació y creció en un pequeño pueblo costero del norte de España, en una bahía donde el olor a sal y serrín siempre iban de la mano. Su padre, Tomás, era carpintero de ribera y construía barcos de madera para pescadores y pequeños comerciantes. Su madre, Marina, llevaba un pequeño bar frente al puerto, donde preparaba boca
dillos y guisos para la gente del mar.

La infancia de Álvaro transcurrió entre el astillero y el bar. De niño, mientras su padre ajustaba cuadernas y lijaba tablones, él se sentaba en un rincón del taller con una vela de cera encendida a su lado, observando cómo la luz temblorosa dibujaba sombras sobre los cascos de los barcos. Tomás le decía que aquella vela era “el ojo del mar”, una forma de recordar que, por muy grande que fuera el barco, siempre podía perderse si se descuidaba la luz. Desde entonces, Álvaro asociaría la vela a la concentración, a la calma y al respeto por el oficio.

En el bar de su madre, el objeto central era otro mucho más humilde: el sándwich. Marina le preparaba siempre el mismo: pan crujiente, queso, tomate y jamón. Se lo daba envuelto en un paño y se lo llevaba al taller de su padre. Ese gesto sencillo se convirtió para Álvaro en el símbolo del cuidado y del calor de hogar. Cuando su padre murió en un temporal, al volcar uno de los barcos que él mismo había construido, la tradición de llevar sándwiches al astillero pasó a ser el pequeño ritual que unía a madre e hijo en medio del duelo.

Con el tiempo, Álvaro heredó el taller y el arte de construir barcos. Sin embargo, el mundo había cambiado: ya no le pedían grandes embarcaciones de pesca, sino pequeñas lanchas para turistas o botes de recreo. Aunque seguía amando la madera y el sonido del martillo sobre los clavos, sentía que algo de la grandeza que su padre veía en el oficio se estaba perdiendo. En el rincón del astillero seguía habiendo una vela encendida y, sobre la mesa, un sándwich a medio comer, como recordatorios constantes de quién había sido y de quién todavía podía llegar a ser.

Motivaciones

La principal motivación de Álvaro es honrar el legado de su padre y demostrar que la construcción de barcos sigue siendo un arte, no solo un negocio. Cada vez que enciende la vela en el taller, se recuerda a sí mismo por qué empezó: para que la luz del oficio no se apague, para que el nombre de Tomás Rivas no quede reducido a un recuerdo borroso en el pueblo. La vela, en su caso, no es solo un objeto que da luz; es un pequeño juramento diario de respeto a la tradición.

El sándwich, por sencillo que parezca, representa la otra cara de su motivación: la necesidad de cuidar y ser cuidado. Para Álvaro, comer en el taller, de pie, con las manos llenas de serrín, le recuerda que incluso en medio del trabajo y la obsesión por la perfección, sigue siendo humano. Ese gesto cotidiano le conecta con su madre, con los años en los que el dolor por la pérdida de su padre solo se calmaba con una charla rápida y un bocadillo improvisado. 

El barco, por último, no es únicamente un producto final, es su manera de buscar sentido y libertad. Álvaro sueña con construir una embarcación diferente a todas las que ha hecho hasta ahora, un barco que no sea para un cliente, sino para él: el barco que su padre nunca llegó a terminar. Entre los papeles viejos del taller encontró los planos de un velero llamado La Aurora, un diseño complejo y hermoso que su padre dejó incompleto. Terminar ese barco se convierte en su gran motivación vital, no solo como homenaje, sino como prueba de que puede ir más allá de los encargos pequeños y rutinarios.

Arco narrativo

El arco narrativo de Álvaro comienza verdaderamente el día en que, ordenando el viejo altillo del astillero, encuentra una caja de madera olvidada. Dentro, hay una vela pequeña, casi gastada, envuelta en un plano amarillento: el diseño del velero La Aurora y una nota de su padre que dice: “Para el día que te atrevas a construir tu propio futuro”. Ese hallazgo marca el punto de inflexión. Álvaro entiende que lleva años construyendo barcos para otros, pero nunca el suyo, nunca el que podría cambiar su vida.

Ese mismo día, decide encender la vela que había en la caja y jura que no la apagará hasta que el primer mástil de La Aurora esté en pie. A partir de ahí, su rutina cambia: se queda hasta altas horas en el taller, trabajando en secreto en el velero, mientras sigue atendiendo encargos sencillos para sobrevivir. Sus manos se llenan de nuevas cicatrices y su mente de dudas: ¿tiene sentido invertir tantos años en un solo barco? ¿No sería más fácil renunciar y aceptar la comodidad de lo pequeño?

El sándwich entra en su arco como un símbolo de apertura hacia los demás. Una tarde, mientras come uno en la puerta del taller, ve pasar a un joven mochilero extranjero que mira fascinado los cascos de los barcos. Álvaro, sin pensarlo demasiado, le ofrece la mitad de su sándwich y empiezan a hablar. El chico, llamado Luca, resulta ser un carpintero aficionado que ha viajado por varios puertos aprendiendo técnicas distintas. Esa conversación casual, a medias entre bocados, se convierte en el inicio de una colaboración inesperada: Luca se queda en el pueblo una temporada para ayudarle con La Aurora.

A lo largo del proceso, la vela se consume lentamente, noche tras noche, recordándoles que el tiempo pasa y que cada decisión tiene un coste. Surgen problemas: falta de dinero, críticas de vecinos que creen que es una locura, y el miedo de Álvaro a no estar a la altura del diseño de su padre. Pero también nacen nuevas cosas: una pequeña comunidad de curiosos que pasan por el taller, la amistad sincera con Luca y la recuperación de la relación con su madre, que empieza a llevarles sándwiches como en los viejos tiempos, pero ahora con una sonrisa más tranquila.

El clímax de su arco llega el día de la botadura de La Aurora. La vela de cera, reducida ya a un círculo mínimo de luz, arde en el casco del barco mientras lo arrastran hacia el agua. Álvaro, con las manos temblorosas, siente que no solo está lanzando un barco al mar, sino cerrando un ciclo: el duelo por su padre, el miedo al fracaso, la resignación a una vida pequeña. Antes de soltar las amarras, parte un sándwich en dos, se come una mitad y le da la otra a su madre, como símbolo de que, esta vez, el viaje lo hacen juntos.


  • La vela, luz interior y compromiso con su oficio.

  • El sándwich, vínculo humano y refugio afectivo.

  • El barco, destino y posibilidad de libertad.

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Érase un afilanic


Es la última vez que descargo películas piratas, porque menuda versión rara del final de Titanic...